VI

agosto 30, 2008 - 5 comentarios

Por

Diego Magno

Antes de tocar el timbre dudó, estuvo casi a punto de dar media vuelta y marcharse, le parecía un tanto ridículo después de tantos años ir simplemente y visitar a alguien con quien toda relación ya se había acabado, pero sabía que no tenía nada que perder y que a estas alturas de su vida cualquier cosa era un detalle que el tiempo no le permitiría posponer.

Henry había conocido a Madeleine en el hotel Victoria de donde era su administrador; cuando el tiempo en que Vincent la llevaba allí para las vacaciones acabó, y Vincent no hacía sino viajar por el mundo todo el tiempo, Madeleine siguió yendo al hotel sola, caminaba todo el día por la playa y leía en las noches esas novelas de amor que cuando niña le habían mostrado unas historias que creyó un día el destino tendría para ella.

Henry la veía sola todo el tiempo, tan bella, que no era indiferente para nadie aunque nadie tampoco se atrevía a acercársele; a ella no le importaba.

Vacaciones tras vacaciones Henry fue acercándosele, pasaban tanto tiempo juntos y Madeleine se abría tanto a él que no tardó en enamorarse; cuando un día Henry le confesó todo ella le dijo que no, que lo quería, mucho, pero que no era suficiente, que aún Vincent estaba en su vida y que no podría amarlo de verdad mientras así fuera.

Henry no lo entendió, le preguntó si quería más a Vincent que a él y ella dijo que no:

-Vincent no es mas que la persona que me dio un amor ya olvidado, pero, cuando pienso en mí, en ti, y en lo que significa amar, no puedo evitar temer que algo como eso pueda pasar de nuevo.

Henry le dijo que se quedara con ella, que tendrían ese hotel para los dos siempre, que si lo quería de verdad no debía necesitar más; ella dijo que le gustaría mucho pero que no, que eso no era suficiente, que antes de tomar una decisión tendría que pensarlo, que había muchas circunstancias en su vida que tendría que arreglar.

Rebajado a mera circunstancia vio con lágrimas en los ojos como Madeleine se iba del hotel a su casa, a con calma pensar si podría o no prescindir de él; dijo que las vacaciones siguientes volvería y le traería una repuesta, Henry no la quería, el que tan solo lo dudara no podía interpretarlo mas que como una señal de que no lo quería como él a ella.

Pasaron los años y Madeleine nunca volvió al hotel, por eso ahora Henry venía por una respuesta, no porque en verdad pensara que se iría con él, sino porque quería escucharla, solo escucharla. Creía que era algo estúpido y que Madeleine tal vez se lo reprocharía, pero es que no sabía que al otro lado de la puerta ella también estaba pensando en él.

V

junio 21, 2008 - 3 comentarios

Por

Akenaton.

De vuelta en la enorme casa, La anciana mujer se dejó caer sobre el mueble de cuero vino tinto. Estaba cansada. Florence y Cristine habían insistido en acompañarla, pero ella se negó. Lo que menos deseaba era la compañía de nadie. Por primera vez, desde que vivía en aquella casa, estaba realmente sola.

Totalmente hundida en el cómodo mueble, intentó silenciar a la voz de su conciencia. No era que estuviese arrepentida, claro que no; pero habría de extrañarlo. Le quiso de una u otra forma durante casi treinta años, pero el afecto no era suficiente; nunca nada es suficiente. Había que pagar las deudas del pasado.

-hubiera sido mejor si no me lo hubieses dicho-murmuró- Debiste olvidar el tema la noche anterior, cuando, luego de preguntarme si te odiaba, no pude evitar huir. Pero tú no eras como yo soy. Tenías que traerlo a colación en la mañana siguiente, empezando exactamente por la misma pregunta. ¡Como si en realidad te importara lo que yo sintiera!

No pudo evitar mirar hacia el cuarto ahora vacío, en donde él había pasado la última década se su vida tendido en una pequeña cama de hierro. Estaba oscuro y solitario, y por la pequeña ventana, entraban aires helados, para susurrarle a Madeleine al oído secretos de amargura.

De pronto le vio. La figura de Vincent había atravesado el umbral y se había ocultado en las tinieblas de la habitación.

Madeleine emitió un gemido sordo, proveniente desde lo mas profundo de su alma. Como un tronco de madera, absolutamente rígida, apresuró a decir: “Padre nuestro que estas en el cielo…” Se levantó sin dejar de rezar y se acercó a la habitación. Al entrar, pudo verle con gran dificultad entre las sombras, sentado en la cama mirando al suelo.

-¿Vincent?

Nadie respondió.

-¿Vincent?

Extendió la mano hacia el interruptor de luz, el cuarto se iluminó totalmente y ella cerró los ojos un instante para protegerlos de la luz. Los abrió lentamente, esperando ver el rostro del hombre desfigurado, o tenebroso, pero no había nadie sentado en la cama.

El teléfono sonó de pronto, fuerte, llenando con ese sonido de campanillas, característico de los teléfonos antiguos, hasta el último rincón de la casa.

Salió con pasos temblorosos del cuarto, y atravesó el vestíbulo. Levantó la vocina, que se movía estrepitosamente entre sus manos, y pronunció con voz quebradiza un tímido “Buenas noches”

Había estado esperando la llamada de la policía. Era apenas obvio que investigarían. Ella no negaría nada. Pagaría por su crimen como Vincent había pagado por los suyos.

Después de hablar con el comandante, quién se identificara con el apellido Cruz, se sentó de nuevo, a esperar que llegara. Le contaría todo. Intentando olvidar la aterradora visión de Vincent sentado en su cama, se pecató de que aún estaba por fuera el álbum fotográfico, del cual había sacado la fotografía que arrojó a la tumba.

Lo tomó, y rompiendo una promesa que hacía meses se había hecho a si misma, se hundió en sus recuerdos; viviendo de nuevo una tarde lejana, durante unas vacaciones cerca a la playa en el hotel Victoria.

IV

junio 17, 2008 - 3 comentarios

Por:

Camela.

Madeleine pasó la noche observando el rostro de Vincent a través del cristal del ataúd, y mientras lo hacía, su piel y su mente experimentaron un retrospectivo trance de recuerdos concupiscentes, de aquellos primeros días en el hotel Victoria; aquel hotel en particular, porque su vieja estructura le añadía a sus encuentros un aire que evocaba los auténticos romances de algún pasado.

Viéndolo allí tan indefenso y mustio, recordó extenuantes encuentros, su cuerpo cansado de cara hacia el techo, sus ojos cerrados, su sexo adormecido y sus manos descansando, -como ahora- sobre el pecho.

-Tienes alma de puta- le decía Vincent mientras ella galopaba sobre él como una indomable amazona; Madeleine lo miraba con asentimiento, con una mirada enrarecida por la lujuria y luego, lo observaba como ahora, exhausto e indefenso después de largos encuentros; quizás fueron estos los únicos días de aquella felicidad efímera que pronto encontró su ocaso, dando paso a la resignación.

Una ligera humedad producida por aquellos recuerdos en el hotel Victoria, la devolvió a un presente frío, a aquel cuerpo mortecino que comenzaba ya a emanar los hedores de la muerte.

Madeleine sintió vergüenza por aquella inescrupulosa frivolidad y se alejó del ataúd en una actitud ingenua; se reunió con Florence y Cristine en el sofá; éstas la recibieron con una sonrisa lastimera. En el salón solo se encontraban algunos amigos de Vincent y unos cuantos curiosos que no perdieron de vista cada movimiento de Madeleine.

Las horas pasaron y los primeros rayos del sol se abrieron paso entre la calina matinal.

Pronto llegó la hora del sepelio y cuando estuvieron a punto de salir con el ataúd , Madeleine subió con presteza las escaleras que conducían al segundo piso y con gran diligencia entró en su habitación y sacó el álbum de fotos del buró, extrajo de este una fotografía y se la metió en el bolsillo de su vestido; luego bajó para reunirse con Florence y Cristine.

En el trayecto hacia el cementerio, sacó la fotografía de su bolsillo y la observó con nostalgia; nuevamente sintió vergüenza por sus pensamientos de la noche anterior, apretó la fotografía contra su pecho y derramó un único par de lágrimas.

En el cementerio, todas las miradas buscaban a Madeleine, que iba indiferente en la inseparable compañía de sus amigas.

La ceremonia fue breve y el párroco apenas dijo lo necesario. Nadie lloró y lo único que se escuchó fueron algunos murmullos.

El ataúd fue bajado lentamente y cuando estuvo en su sitio, Madeleine arrojó una rosa, y también la fotografía, en la que Vincent y ella se ofrecían una reciproca mirada de esperanzas compartidas y felicidades ya olvidadas.

Nadie, ni siquiera Florence ni Cristine le dio el pésame; solo un hombre viejo de barbas blancas, cuyo rostro le pareció a ella familiar, se acercó y le apretó la mano sin decir palabra. Luego Madeleine se quedó sola frente a la tumba, mientras algo o alguien, la observaba fríamente desde los arbustos.

III

junio 2, 2008 - 2 comentarios

Por:

Ligeia.

Cristine, como todas las tardes se levanto de su cama, se puso a orar por los vivos y por los “muertos”, por el mundo, luego se puso su chal y se fue a tomar el té con sus amigas, eran casi las 6pm y debía recorrer unas cuantas cuadras hasta la casa de madeleine, se reunían siempre en el sótano, Florence –la más joven-, Madeleine y Cristine, pero hoy no era un día normal, hoy sentía eso que la había hecho reincidir en el cristianismo, un presentimiento de lo que podía suceder, hoy el día estaba más gris que siempre, hoy en vez de aves cantoras, habían unos cuantos cuervos y desolación…

Pronto llego a casa de su amiga, pero hoy algo realmente extraño sucedía, la luz de la habitación del viejo estaba apagada… ¿tan pronto se había dormido?, pero, al ver la luz de la ventana del sótano encendida, ignoró su anterior observación y se dirigió al sótano apresuradamente.

La casa era de estilo barroco, era grande, de tres inmensos pisos y un sótano al cuál se podía acceder desde el jardín y desde una entrada oculta en el estudio, Florence siempre se cuestionó porqué Madeleine nunca había vendido esa vieja casa y se había mudado a una más pequeña, tal vez los recuerdos tristes y felices de este lugar los ataban lo suficientemente fuerte para no dejarles ir…

Tan pronto Cristine entró al sótano se encontró con Florence y con Madeleine, esta última se encontraba más pálida que de costumbre, Cristine se sentó en su silla, Florence se levantó, sirvió un pocillo para Cristine y se incorporó de nuevo en su asiento…

Madeleine, con voz entrecortada y ojos un poco tristes dio inicio a la conversación con una noticia…

-Vincent ha muerto

-¿Cuándo?- pregunta Florence con perplejidad.

-hace una hora- anuncia la viuda, mientras Cristine, que había tomado el pocillo, tiembla, dejando caer el pocillo y derramando el té en la mesa, en el suelo y en su traje.

Hace 20 años se conocían, veinte largos años de amistad y de complicidad, en el fondo, Cristine lo sospechaba, desde hacia nueve meses Madeleine había cambiado, su mirada de cálida costumbre hacia el enfermo viejo se había tornado entonces en odio, Hace nueve meses el viejo le había confesado una terrible verdad, que había transformado todo sentimiento en odio.

Nueve largos meses en los cuales la viuda, y aparentemente inocente mujer había planeado el destino del viejo.

De los 53 años que tenía Madeleine, 32 los había compartido con el viejo, 29 años en matrimonio, desde aquel día que se conocieron en un café, pero tantos años nunca serian suficiente para perdonarle lo que le había hecho, lo que hacia nueve meses le había confesado.

Madeleine las había conocido en un museo, Mientras las tres observaban con asombro una impactante pintura de un olvidado artista, ese día llamó su atención el afecto que existía entre Cristine y Florence, tal vez por casualidad terminaron convirtiéndose en las mejores amigas. Florence sabia que también en esto debía apoyarlas, luego del té fue al bar en el que trabajaba algunas noches, se sirvió una copa y suspiró.

II

mayo 24, 2008 - 3 comentarios

Por:

Diego Magno

Siempre que escuchaba las campanas, y sabía que pronto ella estaría en su habitación se levantaba de la silla, se recostaba en la cama y esperaba a que llegara como siempre con la bandeja de la cena, la pusiera en su regazo, se volviera y regresara más tarde para recogerla, decir las mismas cuatro palabras de siempre y se marchara hasta la mañana siguiente.

Solo que esta vez él tenía algo importante que decir, que cambiaría muchas cosas y que estaba decidido a no callar más pasara lo que pasara.

Cuando ella puso la cena y la medicina sobre la cama y dio media vuelta intentó hablarle pero dudó, supo que eso no era bueno; guardó silencio pero cuando al rato volvió para recoger los platos se lo dijo.

-Buenas noches, que descanse- dijo Madeleine como siempre.

-No te vayas, tengo algo para decirte.

Ella no tenía ni idea qué podría ser y sin ninguna curiosidad se sentó a su lado pensando que sería alguna tontería de anciano que resolvería en un instante.

-Creo que pronto voy a morir y no quiero irme con el peso de tu dolor encima, no sé qué hacer para remediarlo y no creo que se pueda pero… ¿me odias?

Ella se levanto y dio media vuelta cuando sintió que no podría evitar llorar, estuvo allí parada unos segundos buscando qué decir pero al no encontrar nada salió corriendo de la habitación, dejando atrás los platos y la respuesta sin palabras que no quería dar y él no quería recibir, pero que al final fue dicha.

Estuvo hasta largas horas de la noche en su habitación pensando en cómo haría para darle la cara al día siguiente. No es que lo odiara pero tampoco sentía más afecto por él que el que sentiría por un primo con el que ha pasado muchos años de su vida. El problema es que no sabría cómo decírselo, si toda su vida de casados en el poco tiempo que él tenía para ella después de sus viajes no habían compartido nada de verdad importante; ella no lo conocía aunque hubiera con el tiempo aprendido a ver en su rostro sus emociones y en sus palabras su carácter, y él por ella nunca se había de verdad interesado… hasta ahora.

I

mayo 16, 2008 - 5 comentarios

Por:

Akenaton.

El último resplandor de la tarde se coló por la ventana, luego vino la noche. Sentada en su silla mecedora con la mirada fija en una fotografía a blanco y negro, Madeleine lloró.

Un muchachito moreno le sonreía desde el retrato, con la alegría que dan la juventud y la vitalidad; antes que llegue la vida a marcarte la frente con líneas amargas, antes de que el tiempo imprima en la piel las ondas de su travesía. Vestía pantalones cortos y camisa a rayas; y tenía sus pies desnudos sepultados entre la arena de la playa.

Madeleine recordó el calor de los labios de aquel muchacho moreno; su cuerpo duro y juvenil, y no pudo evitar recordarse a sí misma, con la piel lozana y blanca; con los labios delgados de un pálido rosa; siempre enfermiza, delgada. Abrazada suavemente por dos brazos anchos y oscuros que la sostenían como a la cosa más frágil sobre la tierra.

Tras secarse las lágrimas, volvió a meter la fotografía en el álbum y se levantó para guardarlo en el armario. Otra foto cayó de pronto al piso. La recogió y se quedó mirándola. Otro muchacho la miraba a los ojos. Éste era blanco, como ella, pálido y delgado, muy alto. Los recuerdos vinieron nuevamente sobre ella como aves de rapiña a picotearle la cabeza y sus ojos volvieron a llover. Cuando tuvo fuerzas para hacerlo, guardó la vieja imagen recadera del tiempo fugado, junto con todas las otras. Unas buenas, otras grises. Las dejó en el cajón con llave, bajo la promesa de no dejarse seducir nunca más por el pasado; Esta vez sí lo lograría.

El sistema electrónico del reloj de la Sala tocó una mala imitación del sonido de las campanas, anunciando que ya eran las siete. Hora de llevarle la cena y la medicina al viejo; Se pasó la mano arrugada por el rostro y suspiró. debía ocultarle que había estado llorando.